Las brujas no existen


(Moacyr Scliar)
Cuando era niño, creía en las brujas, mujeres malvadas que se pasaban todo el tiempo ideando cosas malvadas. Mis amigos también creían eso. La prueba para nosotros fue una mujer muy anciana, una solterona que vivía en una casita que se derrumbaba al final de nuestra calle. Se llamaba Ana Custódio, pero sólo la llamábamos “bruja”.
Era muy feo, ella; gorda, enorme, su cabello parecía paja, su nariz era larga, tenía un gran lunar en la barbilla. Y siempre estaba hablando solo. Nunca habíamos entrado en la casa, pero estábamos seguros de que si lo hacíamos, la encontraríamos preparando venenos en un gran caldero.
Nuestra diversión favorita era molestarla. De vez en cuando invadíamos el pequeño patio para robar fruta de allí y cuando, por casualidad, la anciana salió a la calle a comprar en el pequeño almacén cercano, corrimos tras ella gritando “¡bruja, bruja!”.
Generalmente, los cuentos cuentan una historia de fantasía, con personajes nacidos en la imaginación del autor.
Un día, encontramos, en medio de la calle, una cabra muerta. No sabíamos a quién pertenecía este animal, pero pronto descubrimos qué hacer con él: tirarlo a la casa de la bruja. Lo cual sería fácil. Al contrario de lo que siempre pasaba esa mañana, y quizás por olvido, había dejado la ventana delantera abierta.
Bajo el mando de João Pedro, que era nuestro líder, levantamos al animal, que era grande y pesaba mucho, y con mucho esfuerzo lo llevamos a la ventana. Intentamos empujarlo hacia adentro, pero luego los cuernos quedaron atrapados en la cortina.

  • Vamos – gritó João Pedro – antes de que aparezca la bruja. Y apareció ella. Justo cuando finalmente pudimos introducir a la cabra por la ventana, la puerta se abrió y allí estaba ella, la bruja, empuñando una escoba. Riendo, salimos corriendo. Yo, gordita, fui la última.
    Y luego sucedió. De repente, metí el pie en un agujero y me caí. Inmediatamente sentí un dolor terrible en mi pierna y no tuve ninguna duda: estaba rota. Gimiendo, traté de levantarme, pero no pude. Y la bruja, caminando con dificultad, pero con un palo de escoba en la mano, se acercó. En ese momento la clase estaba lejos, nadie podía ayudarme. Y la mujer sin duda alguna descargaría su furia sobre mí.
    En un momento, ella estaba a mi lado, molesta por la ira. Pero luego vio mi pierna, y cambió instantáneamente. Se agachó a mi lado y comenzó a examinarla con sorprendente habilidad.
    “Está roto”, dijo al fin. – Pero podemos arreglarlo. No se preocupe, yo sé cómo hacer eso. Fui enfermera durante muchos años, trabajé en el hospital. Confía en mí.
    Dividió la escoba en tres pedazos y con ellos, y con su cinturón de tela, improvisó una tablilla inmovilizando mi pierna. El dolor se alivió mucho y, apoyado por él, fui a mi casa. “Llama a una ambulancia”, le dijo la mujer a mi madre. Él sonrió.
    Todo estuvo bien. Me llevaron al hospital, el médico hizo un yeso en la pierna y en unas semanas me recuperé. Desde entonces, dejé de creer en las brujas. Y me hice muy amiga de una señora que vivía en mi calle, una muy buena señora llamada Ana Custódio.

Crossing es la versión en inglés de mi libro Travessia – Contos e Poemas, vendido en HotMart y se puede comprar a través de dos enlaces:
https://go.hotmart.com/C44974415K
https://go.hotmart.com/C44974415K?dp=1
Acceso. Compro. Difundir la palabra.
Abrazos
José Araujo de Souza

Deixe um comentário

Preencha os seus dados abaixo ou clique em um ícone para log in:

Logotipo do WordPress.com

Você está comentando utilizando sua conta WordPress.com. Sair /  Alterar )

Foto do Google

Você está comentando utilizando sua conta Google. Sair /  Alterar )

Imagem do Twitter

Você está comentando utilizando sua conta Twitter. Sair /  Alterar )

Foto do Facebook

Você está comentando utilizando sua conta Facebook. Sair /  Alterar )

Conectando a %s