Epifanía

André Heron Carvalho dos Reis

Hace frío, afuera llueve. Me inclino sobre mi cama tan cálida como acogedora. Sin embargo, la lluvia insiste en golpear dulcemente mi ventana. Si no fuera suficiente, es de noche
y la noche de aquellos en los que hay un silencio aullante, de esos ensordecedores, de los que no se puede evitar. Y luego, muy suavemente, echo de menos: la falta. Es que la noche siempre trae consigo la necesidad de alguien, ella misma es la necesidad misma: de algo que ilumine. Y toda esa oscuridad con ese hilo de frialdad que toca e invade el alma, ese mismo frío me recuerda que hay una necesidad de algo que reprima lo que no está lleno ni lleno, la falta.
No entiendo lo que es una noche completa. Sobre todo cuando va acompañado del frío que trae la fuerte lluvia.
Pero la certeza es que siempre trae algo: un recuerdo, un sentimiento, un aroma, un sueño; o la pura certeza de que existe, y existe para que podamos existir en nuestra plenitud. Entonces, no es pecado en ese momento mirarnos en el espejo es intentar no ver la dimensión de las formas que estábamos acostumbrados a ver, idolatrando esas curvas que nos azotan. ¿Por qué no mirarnos al espejo y buscar esa carencia, esa necesidad, para afrontar lo que nos llena y de repente invade el alma?
Suavemente levanto mi mano hacia él, ese espejo que le pregunto y que rehuye decirme cosas, pero no me esconde su rostro, no es capaz de escapar y negar el reflejo. El viento sopla para anunciar la fuerza que exhibe afuera. Es la oscuridad, es el silencio, es el agua, y todos ellos dentro de mí, solo. ¡Y luego, horror! ¡No falta nada! Nada falta de repente. ¿Por qué busco en esa imagen reprobada lo que expresa una fuerza y ​​una claridad inusuales? Pero no existe, más allá de las formas no existe, solo somos yo y yo en un espejo.
Pero miramos, siempre miramos, y si miramos es porque queremos ver más allá de nuestros ojos. Queremos tocar lo impalpable y, de repente, poder pensar que el sueño es posible. Y luego, de nuevo, ella, la falta, está voraz y hambrienta dentro del corazón y la mente de todos los que se atreven a tocar esa fría noche. Me siento en mi sillón de fieltro bordado a mano, preparo una taza de algo muy caliente y espumoso, enciendo mi
chimenea, y simplemente pongo la misma taza en la mesa, sin que nadie vea cómo arde esa llama que tan bellamente consume la llama de mi chimenea.
No es soportable ver lo bello sin poder compartirlo con alguien. La otra cara del frío es que hacemos todo lo posible para generar calor. Y nos rendimos a la magia del fuego. Encendemos nuestra chimenea, calentamos nuestras bebidas, nos sentamos en nuestros sillones más acolchados. Nos sentamos y nos rendimos simplemente a mirar cómo consume, cómo alcanza su gama de colores, y miramos.
El problema es que, a diferencia del espejo, el fuego habla. Uno lo mira, de pronto se rinde al fuego y, cuando menos se percibe, la mente se desliza a cualquier lado. Se puede pensar en el día que ha pasado, los sonidos que se han escuchado y todavía se consume, se consume …
Sí, la certeza que tenemos es que además de sus llamas, algo consume dentro de nosotros. A pesar del frío, el silencio, la oscuridad, siempre insistimos en dejar que algo nos consuma y hiera, aunque sea sin medicina, dentro de nosotros. Tal vez este descubrimiento nos muestre cuánto
todavía tenemos que encarnar las formas que tenemos en los espejos y las llamas dentro de nuestra habitación.
Ahora está encendido …
Amor.

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