Túnel de letras

Benedito José Brabo Pantoja

Después de más de veinte años, desde el final del Curso, trato de encontrarme con mis profesores del 82 al 87. Entro al ahora Instituto (una vez fue Centro) de Letras y Comunicación y comienzo con el clásico Albeniza Chaves, con una finura irreprochable, siempre mostrando una actitud. erguido, como alguien que ha practicado ballet en el pasado. Renitente, no admitió que palabras como “cousa” pudieran haber sido arcaicas. No lo encuentro. Abro una puerta al final del pasillo, pero no veo el buen cuadrado Rômulo, del Idioma
Latina, admiradora de las plumas de Tito Lívio, Plauto y Petrônio y fan de cartulina de Cícero, el hablante romano, famoso por sus catilineros.
Mestre Rômulo, de vez en cuando, ofrecía a sus alumnos chistes en el pasillo con sutiles desenlaces; algunos, un poco licenciosos, como diría Albeniza, refiriéndose a la poesía erótica de Bocage.
Ahora camino por los pabellones H, I, J y L, el escenario principal para la escritura de cartas. Veo que ellos, construidos de manera improvisada, contribuyen a consolidar de una vez por todas a la UFPA en el
Campus do Guamá y así hacer realidad el sueño de la visionaria Silveira Netto, homenajeada incluso en la denominación de la actual Ciudad Universitaria, ahora están equipadas con unidades de aire acondicionado y revestidas con placas de PVC, sin recordar siquiera las cálidas habitaciones dominadas por ruido incómodo de las hélices de los cansados ​​ventiladores fijados al techo formados por tablas cortadas en marupá, de los tiempos en que esta madera aún habitaba la región de las Islas. Los provisionales, de hecho, llegaron para quedarse. Sin embargo, tampoco encuentro a las amistosas Lurdinha y Claudete, las amistosas
Joaquim Nepomuceno y el divertido Le Bihan, con su acento francés, que se enorgullecía de tener prácticamente en el patio trasero de su maison en France, de niño, las famosas pinturas rupestres de Lascaux. Coincidencia o no, luego se convertiría en profesor de Historia del Arte.
¿Dónde estaría el excéntrico y disciplinario Isidório Cabral? Tampoco veo a Terezinha Nina en sus conferencias sobre metaplasmas. ¿Y las competentes Célias: Bassalo y Brito?
¿Quién podría hablarme del inquieto y melocotón Ciro, el incondicional Wanghan y el temido Bassu? No Meirevaldo Paiva, enamorado, como el Pato Donald, por su Margarida. Casi lloro cuando echo de menos el dulce en persona, Lucinha Medeiros, quien me presentó las obras de Lygia Bojunga y Ana María Machado.
Cuánto extraño a la joven Amarílis (Lila) Tupiassu, señora experta de Eça y del Pueblo (los heterónimos), tan atenta a mí, de exótica belleza, como la clasifica Caetano Veloso, quien la comparó con su madre, Doña Canô, cuando era joven.
Por un momento, creo escuchar la voz irreverente de Ruy Barata, a todo color, declamando “O corvo”, de Edgar Allan Poe, en la bien elaborada traducción de Fernando Pessoa, a modo de lección, al gusto de un buen trago de Ministro. De hecho, Paranatinga hizo historia
en estas paradas. Tuve el placer de tomarme un helado a tu lado, en el Bar do Parque, después de hacer una degustación de literatura brasileña.
¡Es eso mismo! ¡Tuve el privilegio de atender la segunda llamada del poeta Rui Barata, en una mesa del Bar do Parque!
Fue un placer escuchar al viejo comunista en sus intervenciones, que fueron casi sermones. Hermano pequeño (imitando tu vocación), te extrañamos profundamente. Para lamentar su ausencia, tomo prestadas las famosas palabras de Poe, extraídas de su poema inmortal, en la versión original del escritor estadounidense: ¡Nada más! ¡Nunca más!
Ahora experimento la extraña sensación de la Sociedad de Poetas Muertos. De repente, sin embargo, escucho que alguien me llama: es la realidad inexorable la que llama a la puerta de mis nostálgicas divagaciones. Afortunadamente, sin embargo, cuando entro en la rectoría, me encuentro con Socorro Simões, en el ascensor. ¡Ah, mis ojos brillan de alegría! Casi salto a sus brazos y le disparo un beso seguro, incluso olvidándome de un viejo regalo que ella me dio: un
sufriendo R, por problemas de frecuencia, en la literatura portuguesa. En el ascensor, de esta manera, hago el feliz descubrimiento de que algunos maestros sobrevivieron a la muerte o al retiro. Más tarde, caminando por la pasarela de Básico, me encuentro con Cassique, a quien comparé con Tim Maia. Estoy feliz de verte. Pero no al punto, obviamente, de pensar en arrojarme a tus brazos. Sería demasiado.
Aprendo que los nombres ilustres de la gramática están desactualizados.
En las clases de portugués, nombres como Cegalla, Othon García, Rocha Lima, Adriano da Gama Cury y Celso Cunha apenas se reconocen. Hasta que no esté tan triste por eso. En lingüística, descubro que Saussure, Bloomfield, Jakobson y Chomsky perdieron
aliento para Koch, Maingueneau, Ducrot, Labov y Bronckart, entre otros. Descubro, en Literatura Paraense, que los estudiantes ya no desarrollan investigaciones solo sobre las obras de José Veríssimo, Bruno de Menezes, Eneida de Moraes, Dalcídio Jurandir o Inglês de Souza, sobre cuya novela, O Coronel Sangrado, presenté un seminario. Somaram-se a eles novas personalidades, entre elas, o meu colega da graduação, Paulo Nunes. Não era difícil perceber que aquele rapaz iria longe, desde os imemoriáveis tempos da chapa Verso e Prosa, que ele capitaneava, nas eleições para o CAL – Centro Acadêmico de Letras. Outros, que já existiam, ficaram devidamente sacramentados nos anais da nossa literatura, como é o caso do Benedicto Monteiro, Ruy Barata, Acyr Castro, Benedito Nunes, que recentemente nos deixou, e o mestre Paes Loureiro, com suas aulas de Estética que mais pareciam conferências.

Além dos professores, de modo algum posso esquecer os funcionários técnico-administrativos daqueles tempos, destacando dois, de emblemática presença nos corredores do ILC, pelo seu constante bom humor: Alonso e Juraci. O primeiro já está aposentado,

enquanto o Jura continua puxando suas tragadas de cigarro na passarela de entrada do Instituto. Viviam sempre brincando e levantando o astral dos alunos, mesmo nas sacais épocas de matrícula, em que se buscava conciliar o número de disciplinas com os turnos

e horários, pois, naquele tempo, não havia o regime seriado, mas o sistema de créditos, um souvenir dos tempos da ditadura militar, que, desse modo, implementava mais um entre tantos mecanismos que pudessem criar estorvos aos alunos, impedindo-os de cursar os

semestres nas mesmas turmas, dificultando, desse modo, uma melhor articulação nos movimentos estudantis. Pois bem, seu Alonso era um gozador inato, com seu gostoso sotaque cametaense que lhe conferia um tempero a mais na cenografia das brincadeiras que ele fazia com a estudantada. Do velho Jura, passista do Quem São Eles, com seu sapato branco, símbolo do samba e da boemia, lembro que pegava muito no meu pé, enchendo o saco, por minha preferência (embora moderada) pelo Rancho.

São muitas as lembranças; referencio estas, por hora, deixando as demais para uma nova oportunidade, quem sabe. Mas a nostalgia com que acaricio as que arrolei é suficiente para se perceber que fiquei fora da terra das letras por um bom tempo, atado pelas aracnídeas

teias da burocracia do serviço público. Retorno, como que do exílio, tentando adaptar-me novamente à minha terra. As passagens pela Especialização e pelo Mestrado servem como alento a este velho escriba, pois permitem-no palmilhar, uma vez mais, corredores

ainda impregnados pela agradável atmosfera da Academia dos anos 80. Decerto, sua fragrância irá exalar para sempre através do portal espaço-tempo do túnel das letras.

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